¡Qué hermoso día otoñal! Me despierto al sonido de siete timbres ruidosos y a la vista del sol brillante, lo cual me alegra. Últimamente el cielo ha estado gris y nublado, pero no está así de ninguna manera hoy. Después de disfrutarme del sol, me arrastro con cautela para asegurarme de que no haya gente fastidiosa cerca de mi árbol. No siento ningún peligro, así que salto de la rama y me caigo a la tierra. Por desgracia, al mismo momento en el cual salto del árbol, algún tipo me lanza una piedra. ¡Qué bruto! De miedo y frustración, corro para refugiarme del bombardeo. Pienso volver después de echarme una siestecita. Tal vez este “animal” se haya marchado para entonces.
¡No puedo creerlo! Sólo he estado dormido por un par de horas, y ahora el cielo está gris de nuevo. Bueno, de todas maneras tengo que hacer los deberes del día para que la mujer se alegre. Si no recojo suficiente comida para la cena, va a gritarme. Esta vez debo asegurarme de que los brutos no me peguen. Qué suerte que no estén por ninguna parte. Es posible que tengan clase o que estén tirando las piedras a los pájaros. Afortunadamente, todo está tranquilo—puedo comenzar a trabajar. Pero, después de comer nueces día tras día, estoy harto de ellas. Puesto que hoy es la Noche de las Brujas, se supone que quizás haya calabaza por alguna parte. ¡Intentaré encontrar una!
Mientras busco la calabaza, me encuentro con una persona muy curiosa. Los seres humanos, por lo general, son muy extraños. De hecho, a veces caminan hacia atrás, pero este chico de pelo largo y moreno, el que siempre lleva un lápiz y un cuaderno, es el más extraño a quien jamás he visto. Por alguna razón, la cual no puedo entender, él siempre sigue cada movimiento mío, y cree que no me doy cuenta de que me mira. Sin embargo, una vez vi brevemente lo que dibujaba y, para mi sorpresa, ¡fui yo! Sólo había un problemita. ¡El dibujo estaba mal hecho! La cola era demasiado corta; los ojos y las orejas, desproporcionados; y ya sabía que había subido de peso recientemente, pero no creía que yo estuviera tan gordo.
Ya que estoy distraído, el loco de antes se aprovecha de la oportunidad de volver a perseguirme. Casi me agarra, pero los humanos, gracias a Dios, no son expertos de trepar a los árboles. Después de estar sano y salvo, vuelvo a buscar. Ando delante de cuatro edificios esotéricos, encima de los cuales pudiera estar la calabaza escurridiza. Me pregunto cómo los subiré. Puedo subir los árboles porque son más pequeños, pero nosotros no estamos bien dotados para escalar estructuras gigantescas. Mientras contemplo la situación, me encuentro con otro humano pesado. Éste trata de levantarme y abrazarme, gritando algo de los derechos de los animales. Es verdad que hay muchos de nosotros por todas partes, pero ¿por qué no nos dejan en paz? Si bien me gusta cuando ellos tiran al suelo bocadillos, frutas y yogurt helado—¡me encanta el yogurt helado!—pero los humanos hacen muchas estupideces. Los jóvenes desambulan sin proposito, dando tumbos toda la noche. Pelotean por horas enteras. Algunos tipos montan en tablas de madera con ruedas. ¡Qué raro! Bueno, he hablado suficiente de los humanos, y necesito continuar la búsqueda porque estoy decidido a no comer ninguna nuez esta noche.
Quizás los pájaros puedan ayudarme a escalar aquellos edificios altos: ya que siempre vuelan por el cielo todo el día, existe la posibilidad de que sepan alcanzar esa gran altura. Suelen pasar el tiempo cerca de la trepadora gigante de color rojo al centro del pueblo. No voy allá con frecuencia puesto que los humanos pueden verme fácilmente, y nunca hay nueces: ni avellanas ni bellotas. Ando por el camino, pasando por una tortuga de bronce—los humanos son extraños de verdad—sin que nadie me vea, y llego a la estructura roja. Antes de ahora no les he tenido mucho cariño a los pájaros porque son vanidosos y creen que son mejores que todos nosotros porque pueden planear a cualquier parte,. Les pregunto de subir los edificios altos y si allá encontaré una calabaza. ¿Adivine lo que me dicen? Los humanos han acabado de alimentarles la última calabaza. ¿¡Cómo!? ¿Pór que siempre alimentan a los pájaros, y a nosotros, no? Les dan de comer pan, palomitas de maíz, cacahuetes, patatas fritas y ahora—¡la calabaza mía!
Decido regresar a mi hogar ya que me bastan los chascos para hoy. La noche se acerca, y estar afuera resultará peligroso mientras que los borrachos estén correteando. Una vez de noche, me encontré con un monstruo de grandes proporciones. Creo que los humanos los llaman "perros," pero he visto perros, y normalmente nos hacemos amigos. Son pequeños y amables, pero éste . . . no fue perro. Tenía colmillos aterradores, piernas que eran más largas que mi cuerpo entero y la cola más móvil que jamás he visto. Le parecía un poco a el que ¡está corriendo hacia mí ahora mismo! ¡No quiero morir yo!, por lo menos esta noche, no. Gracias a Dios, los monstruos, como los humanos, no tienen la capacidad de subir los árboles. Me escapo a mi casa donde me escondo del mundo.
Así que por aquí estoy, sentado sin calabaza, con la mujer enojada porque ella tiene que comer bellotas y avellanas para la cena otra vez y, hasta el momento, he sido perseguido, importunado, traicionado y casi atropellado. Las nueces son amargas, y esa campana molesta en el campanario no cesa de sonar. ¡Qué vida! Bueno, la situación podría ser peor. Por lo menos no soy humano.
Frank Cabrera is currently a first-year student at Muhlenberg College and is pursuing a major in Spanish.