Una abuela italiana habla con su nieta sobre sus experiencias durante la Depresión. La nieta nota las diferencias generacionales entre ellas, pero todavía le interesa preservar su patrimonio cultural y la transmisión de estas historias de generación en generación, aquí simbolizada por los tomates cherry.
—Después de eso, empecé a trabajar en una fábrica de vidrio. De treinta centavos a cincuenta centavos por hora, fue un aumento de sueldo grande, y debería haber sido feliz. Quería encontrar un trabajo mejor pagado, pero había la Guerra. Y también había personas que nos decían que era patriótico, sabes, trabajar en una fábrica.
Ella suspiró mientras el Bisquick fluía de la gofrera a la encimera. Yo levanté la máquina para que ella pudiera limpiar el desorden con la toalla mojada que ella estaba retorciendo con ese propósito.
—Pues, me quedé allí por cinco años.
Me reí. La masa rebelde se quedaba dentro de las ranuras de la encimera. Me reí de nuevo.
Comimos los gofres. Yo comí los míos sin nada y rápidamente. Ella comió los suyos con la deliberación lenta de una mujer italiana de casi ochenta años. Con fresas. Y me ofreció más, pero le dije que no. Pero ella no desperdició la masa e hizo más gofres con la que nos quedaba.
—Mi padre consiguió un trabajo en Bridgeport, lo cual fue una buena cosa porque estábamos en la Depresión. Y los propietarios de nuestra casa, que Dios los bendiga, ay, ellos eran buenísimos. Nos permitieron que les debiéramos diez y ocho meses del alquiler, porque ellos sabían que les pagaríamos cuando tuviéramos el dinero.
—Tenía tanto miedo. Veía muebles por las calles. Mis vecinos, vagabundos, echados a la calle y los propietarios gritándoles para que les pagaran el dinero. Nunca supe adónde ellos fueron. Estoy segura de que ellos no sabían adónde ir tampoco—. Ella estaba lavando los platos.
Me llamaron la atención los gordos tomates cherry colocados en el alféizar de la ventana. Pensar en el sabor de la piel caliente, el jugo fresco adentro, la textura de las pepitas, se me hizo la boca agua.
—Estábamos en los barrios bajos al principio. ¿Conoces Bridgeport? Pues, estoy segura de que todavía están allí. Vivimos en un barrio rico también, después de eso. Pero primero estábamos en un barrio de negros.
—No entiendo a las personas que se quejan de ellos. Ellos son simpáticos. Ellos hacían ruido por la noche, pero nunca nos molestaron.
Sonreí, disfrutando del hecho de que siempre hay personas que son insensibles al concepto de corrección política. Fui a la ventana, tomé un tomate del alféizar e hinqué el diente en él. Mis dientes agujerearon la piel tiesa.
—¿Quieres esos? Tengo muchísimos. Tómalos, tómalos todos.
—Nana, no los grandes.
—¿Por qué?
—No quiero los grandes. Sólo los pequeños.
—No, tómalos todos. Tengo más en el jardín. Todavía están verdes—. Sacó una bolsa vieja de la farmacia Arrow, y yo vertí los tomates del alféizar en la bolsa.
Me incliné para darle un beso en la mejilla, fijándome en cómo ella se había acomodado en sus caderas con el pasar de los años, y en cómo ahora yo tenía que mirarle por encima del hombro como si fuera chiquita, porque ella se había achicado tanto. Después me fui.
Cuando regresé a casa, puse mi bolso en la encimera y saqué la bolsa de tomates. Di la vuelta a la bolsa para vaciarla, y me quedé mirando mientras los tomates se vertían en la encimera. El agua del grifo corría fresca sobre los tomates mientras yo los lavaba con cuidado, para no romper la piel de la fruta.
Comí uno. Luego puse los demás, uno por uno, en el alféizar, para que pudieran alcanzar el sol y madurarse y hacerse gordos como los otros.
Kate Ponte is currently a senior at Muhlenberg College and is pursuing a double-major in Spanish and English.